Hay una piedra. Es plana y pulida y puedo esconderla entre el pulgar y el índice.
Tragarla, más chica que una moneda, deslizada hasta la tráquea sobre mi lengua,

muy lento hasta sentirla alojarse en el centro, ese hueco entre clavículas.
El aire se agota de a poco, abro y cierro la boca, la asfixia un pitido a la distancia,

las manos caen en mi garganta, las piedras de la barranca en las rodillas como prótesis, la sirena una alarma que ocupa el vacío entre las cosas

Las olas rompen suaves. Si se forma el paisaje por el que nunca dejamos de sentir nostalgia es porque aparece el perfil de la costa, una chancleta, un termo entre las rocas, astillas

puntiagudas, veleros, el cañón, los pájaros y una voz desde un dial indescifrable. Bajá conmigo, hoy no voy a comer ninguna piedra. La aplasto entre dos dedos, la guardo, es un regalo.

Llegamos hasta el mar para ahogarnos entre humo y palabras. Vení. Esta no es mi ciudad pero dejame mostrarte, cómo voy a construirla, un plan de restauración de los frentes de las casas, blancas, pulidas,

sin dejar a plena vista tanto escombro y ladrillo, capas de pintura, graffitis desprolijos, montañas de basura. Voy a cortar al ras todas las construcciones,

un horizonte nítido en paralelo al contorno del agua. Una obstinación por un orden programático y quirúrgico, todas las cosas ganan formas precisas desde muy lejos.

Caminemos. Cada roca es un asiento, una tecla o un reloj, esta historia inicia frente al agua en una piedra. En esta piedra refundamos todas las historias.

Hay que acercarse cuando baja la marea, ese podría ser el viaje, las familias felices no somos todas iguales, esa la cábala, órdenes superpuestos tensionados, voy a enseñarte, el agua desemboca en

el agua y cada ciudad se construye sobre otra.

Destapá otra cerveza, la paranoia fue también la paranoia de mi época, es un cúmulo. Información mal distribuida, retaceada, escandida entre quiénes no saben bien

qué es lo que llevan a cuestas. Es difícil rellenar todos los huecos.

Creeme, el vértigo viene de antes. Yo no sé de pasar hambre como el padre de mi padre o el tuyo. Cada desgracia carga la ceguera de su entorno, acá no sabemos qué recurso va a agotarse primero.

Dame la mano,

Antes hubo una mujer que apenas conocí. Era preciosa, una gema extraña. La madre de tu madre, su llanto de lluvia torrencial, este desierto. Eso no importa. Nadie es único en su especie.

Antes hubo otras piedras, palmeras y su tramo de sombra, bancos, tanques de buceo, en la despensa jugo de mango y en los autos música con bajos estridentes.

Contarte esto es inventarlo de nuevo.

Cualquier historia de amor empieza frente a una masa de agua o la luna. Un fenómeno cósmico frente al cual postrarse con tal de no mirarnos a la cara. No tengas miedo.

Tenemos tiempo.